1.7.12

El final de la rutina.


Tengo que admitir que me estaba empezando a divertir el hecho de sincronizar mi día para estar cruzando el puente exactamente a las 13.55 todos los lunes y miércoles. Y verlo. E imaginarme historias y ver esos escenarios recrearse como una película en mi mente. A veces tenían un final feliz. Otras veces no. Y cada lunes y miércoles esperar a volver a cruzarme con su mirada como ese primer lunes que lo vi mirándome, y estaba sonriendo. Me aguanté la risa y me hice la estúpida hasta que el colectivo arrancó, y apenas me aseguré de que ya estaba lo suficientemente lejos, estallé. Pensé que todo había sido una gran casualidad, hasta que volví a verlo el miércoles, el lunes siguiente, y así fue por varias semanas. Me acuerdo ese miércoles que estaba completamente deprimida, y el simple hecho de verlo me devolvió la sonrisa, aunque sea por un rato. Pero ya no lo vi más. Creo que voy a tener que contentarme con la música que sale por mis auriculares o aprovechar de nuevo esas magníficas siestas de media hora que tanto me gustaban.

Y nuestras miradas nunca volvieron a encontrarse como aquella vez.

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